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¿Por qué preocuparnos por la filosofía si somos terapeutas?

Autor del texto: Diego Corta Tapia

El objetivo del presente ensayo es realizar un breve análisis sobre el rol que tiene la filosofía de la ciencia (específicamente de las ciencias del comportamiento) en el quehacer del psicólogo clínico. Para esto se realizará un breve recorrido histórico para enmarcar el status científico de la psicología; asimismo, se comentará la relación entre el conductismo radical (entendido como la filosofía del análisis de la conducta) y la terapia conductual. Finalmente, se especificarán algunas consideraciones para la formación de terapeutas conductuales.

En primer lugar, es necesario especificar algunos conceptos, específicamente a qué nos referimos con ciencia. Según Bunge (2013), la ciencia es un cuerpo de conocimientos que se caracteriza por ser “racional, sistemático, exacto, verificable y, por consiguiente, falible”. Esto significa que el conocimiento científico está sometido a distintos procesos tanto para su obtención como para su verificación; en ese sentido, es importante también preguntarnos por el proceso para llegar a este conocimiento. La rama de la filosofía que revisa los procedimientos para alcanzar este conocimiento se denomina epistemología (Torres, s. f.). El conductismo radical, como filosofía que sustenta a la ciencia de la conducta, tiene una manera particular de delimitar su objeto de estudio, además de los procedimientos válidos para generar conocimiento que la diferencian de otros enfoques basados en “doctrinas” más tradicionales. Más adelante se retomará este punto; sin embargo, ahora, es necesario hacer una breve revisión de cómo surgió el conductismo radical dentro de la psicología.

¿De qué manera influye la filosofía en la psicología?

Para Kantor (2003) el surgimiento de la psicología se ubica en el seno de la cultura helénica, la cual, si bien era limitada por el contexto histórico en que se desarrolló, se asentaría en unas bases libres de entidades trascendentales para el estudio del ser humano. Posteriormente, durante la edad media, el foco de atención pasó al estudio de lo metafísico (Millenson, 1977), donde se dio una división del mundo en aspectos profanos y divinos que empapó la ciencia por muchos siglos.

Frente a este contexto, el surgimiento del conductismo radical se enfrentó a una fuerte resistencia pues supuso una ruptura con la doctrina dominante del alma y la mente (Freixa, 2003; Kantor, 2003). Esta propuesta no solo traía consigo la delimitación del objeto de estudio de la psicología como la interacción de un organismo que se comporta con el ambiente, sino que también criticaba las formas de obtener conocimiento tales como la introspección (Dietrich y Feeley, 2016) y en su lugar, dirigieron su mirada hacia el exterior del organismo para observar su relación con estímulos del ambiente. Los programas de investigación del conductismo radical han resultado bastante prolíficos hasta la actualidad y han abarcado distintas facetas del ser humano y ámbitos de aplicación; dentro de estos ámbitos, para el presente ensayo, las aplicaciones clínicas son de especial interés. Nacidas de la transferencia de los principios de aprendizaje investigados en laboratorio hacia contexto aplicados, las terapias de conducta (bajo este término genérico voy a incluir tanto a la terapia de conducta como a la modificación de conducta; para mayor información sobre las diferencias entre ambas, véase Pérez-Álvarez, 2014) han tenido un fuerte desarrollo desde los años 50 y han sido aplicadas tanto en contextos ambulatorios como institucionales. Estas terapias tuvieron un fuerte interés por demostrar la eficacia de sus intervenciones, además de un enfoque ambientalista, el cuál proponía que los problemas de conducta eran aprendidos y se debían a una historia de aprendizaje entre el individuo y el contexto (Pérez-Álvarez, 2014), pudiendo observarse estas características, también, en las terapias contextuales. Asimismo, estas terapias enfatizan el cambio conductual y sus procedimientos tienen íntima relación con la investigación experimental. Dicho esto, no es difícil observar la relación que existe entre estas intervenciones con muchas de las características del conductismo radical (concepción del problema psicológico como producto de la interacción del individuo con el entorno en lugar de postular variables mediacionales, los procesos de cambio se centran en procedimientos del condicionamiento clásico y operante y un énfasis en el análisis de la conducta individual del cliente). En suma, el conductismo radical ha enmarcado no solo la labor del científico de laboratorio sino de los psicólogos que están más relacionados con la aplicación de estos principios en distintos ámbitos del quehacer humano. De esta forma, podemos ver que las tecnologías psicológicas (independientemente del enfoque del que provengan) cobran sentido dentro un marco teórico y filosófico que las sustenten. A pesar de esto, las bases filosóficas no siempre están presentes en la formación de terapeutas, sino que estas se centran, muchas veces de manera exclusiva, en el entrenamiento en procedimientos y técnicas provenientes de algún enfoque terapéutico.

Otro dato que considero relevante agregar, y que considero que es síntoma de este énfasis en la práctica terapéutica en lugar de la filosofía y ciencia que las respaldan, es el aumento exponencial de la cantidad de tratamientos psicológicos a través de los años. Si bien el aumento de terapias pareciera ser prometedor, cabe destacar que el surgimiento de muchas intervenciones no se debe al quehacer científico sino a modas y a la convivencia de distintas teorías dentro de la psicología (Vera-Villarroel, 2004), las cuales empapan a sus tratamientos de objetivos, metas y mecanismos de cambio diferentes. Frente a este panorama, han surgido distintos intentos para diferenciar los tratamientos eficaces de aquellos que no lo son; dentro de esto, podemos encontrar al movimiento de terapias basadas en evidencia; sin embargo, algunos autores expresan que un acercamiento a la filosofía de la ciencia podría aportar una reflexión necesaria que no siempre está presente dentro de la práctica clínica (Lilienfeld citado por Pérez-Álvarez, 2019).

¿Qué nos puede aportar la filosofía a los terapeutas?

Es en este marco que considero que la formación del terapeuta conductual puede beneficiarse y potenciarse con un énfasis en las bases filosóficas que le dan sustento. El primer argumento que apoya esto, es que las bases epistemológicas dentro de la psicología enmarcan su quehacer científico y el debate teórico (Amundson, 1985), pero también la labor terapéutica (Pérez-Álvarez, 2019). Asimismo, el observar al objeto de estudio de la psicología como la interacción de un organismo con el ambiente (Freixa, 2003), así como mostrar un interés por la conducta individual puede resultar mucho más beneficioso que una visión biomédica del trastorno psicológico. Para esto ejemplificar esto, pondremos un caso de la práctica clínica:

Frente a un cliente que asiste a consulta por un problema x (por ejemplo, un trastorno bipolar), la primera reacción de un terapeuta, una vez confirmado el síndrome, sería aplicar un tratamiento basado en lo que los manuales de terapia sugieren (en el peor de los casos, de una manera rígida). Esta forma de intervención en los trastornos como si se trataran de una entidad única donde se debe aplicar una terapia única concuerda con algunas características de la aplicación del modelo biomédico en psicología, cuyas consecuencias han sido advertidas por distintos psicólogos (Yates, citado por Froxán, 2020; Freixa, 2003). Frente a esta situación, cabe preguntarse ¿de qué manera el conocimiento sobre el conductismo radical podría afectar la práctica clínica? En primer lugar, centrarse en el análisis de la conducta individual permite tener una mejor visión del problema que presenta el cliente y no solo de lo que la etiqueta diagnóstica nos indica; después de todo, dos clientes con depresión no van a presentar las mismas respuestas ni mucho menos estas respuestas van a estar sometidas a las mismas contingencias. En este contexto, se enfatiza el rol del análisis funcional como un procedimiento de suma importancia pues nos permite el análisis de las variables causales de la conducta del cliente, plantear hipótesis sobre estas relaciones y tomar decisiones para el tratamiento (Kaholokula, Godoy, O´Brien, Haynes y Gavino, 2013). En segundo lugar, el conocimiento de la conducta como la relación entre un organismo con su entorno puede brindar a los terapeutas en formación una mayor comprensión sobre el rol de la interacción terapeuta y cliente dentro del contexto de consulta; es decir, la relación terapéutica. La relación terapéutica se ha enfatizado como un factor de suma importancia para el éxito de cualquier intervención psicológica (Lambert y Barley, 2001). Asimismo, ha habido intentos por describirla desde la perspectiva del conductismo radical lo que podría propiciar un estudio más científico de este factor que afecta la terapia (Follette, Naugle y Callaghan, 1996). Incluso, existe un tratamiento, la psicoterapia analítico funcional que enfatiza el rol de la relación terapéutica como agente de cambio conductual, proponiendo reglas para moldearla para propiciar conductas de mejora en los clientes (Valero y Ferro, 2015).

Como he expresado, la enseñanza de las raíces filosóficas dentro de la formación del terapeuta conductual podría ayudar a tener un entendimiento de los problemas psicológicos desde una perspectiva psicológica que permita tomar mejores decisiones durante el tratamiento (tan solo consideremos la situación infortunada de un terapeuta imaginario formado en “técnicas de ABA” o en técnicas de terapia de aceptación y compromiso, pero sin conocer los principios filosóficos y teóricos que las fundamentan).

Finalmente, el segundo argumento que propongo está íntimamente relacionado con lo expresado en el primero. Como hemos visto, la intervención terapéutica desde una perspectiva conductual implica un análisis idiográfico del problema del cliente, así como la toma decisiones en función de los cambios observados durante el tratamiento y la actualización del análisis funcional. Esto implica que la formación del terapeuta no debe solamente basarse en la aplicación eficaz de protocolos y procedimientos establecidos, sino que requiere enfatizar la necesidad de identificar aspectos relevantes para el tratamiento, planificarlo y evaluar su eficacia de manera constante (Levenson, 2013).

En síntesis, considero que los temas orientados hacia la filosofía de la ciencia y conductismo radical deben formar parte esencial dentro de los programas de formación de terapeutas conductuales. Esto puede apoyar tanto a los psicólogos que buscan capacitación como a los profesionales dedicados a la enseñanza. En el primer caso, la filosofía conductual ofrece un marco donde las distintas prácticas clínicas cobran sentido, mientras que, en los profesionales orientados a la docencia, brinda una guía para el diseño de programas de formación eficaces en el entrenamiento de terapeutas que puedan adaptar su práctica en función de las necesidades del cliente. Definitivamente, la forma en que la filosofía afecta al desarrollo de las terapias conductuales es un tema que merece la pena profundizar y cuya magnitud es mucho mayor a lo que se ha descrito en estas breves líneas.

Referencias

Amundson, R. (1985). Psychology and epistemology: The place versus response controversy. Cognition, 20(2), 127–153. doi:10.1016/0010-0277(85)90050-2

Bunge, M. (2013). La ciencia, su método y su filosofía. Laetoli.

Dietrich, S. & Feeley, T. (2016). Behavior, behaviorism and behavioral sciences. In K. Jensen & R. Craig. The International Encyclopedia of Communication Theory and Philosophy (pp. 2-13). Wiley and Sons.

Follette, W., Naugle, A. y Callaghan, G. (1996). A radical behavioral understanding of the therapeutic relationship in effecting change. Behavior therapy, 27, 623-641

Freixa, E. (2003). ¿Qué es conducta? International Journal of Clinical and Health Psychology, 3(3), 595-613

Froxán, M. (2020). Análisis funcional de la conducta humana: Concepto, metodología y aplicaciones. Pirámide.

Kaholokula, J., Godoy, A., O´Brien, W., Haynes, S. y Gavino, A. (2013). Análisis funcional en evaluación conductual y formulación de casos clínicos. Clínica y salud, 24(2). http://dx.doi.org/10.5093/cl2013a13

Kantor, J. R. (2003). La evolución científica de la psicología (primera reimpresión). Editorial Trillas

Lambert, M. & Barley, D. (2001). Research summary on the therapeutic relationship and psychotherapy outcome. Psychotherapy, 38(4), 357-361

Levenson, R. W. (2013). The Future of Clinical Science Training. Clinical Psychological Science, 2(1), 35–45. doi:10.1177/2167702613499330

Millenson, J. R. (1977). Principios de análisis conductual. Editorial Trillas.

Pérez-Álvarez, M. (2014). Las terapias de tercera generación como terapias contextuales. Síntesis.

Pérez-Álvarez, M. (2019). La psicoterapia como ciencia humana más que tecnológica. Papeles del psicólogo, 40(1), 1-14

Torres, A. (s.f.). ¿Qué es la epistemología y para qué sirve?. Psicología y Mente. Recuperado de https://psicologiaymente.net/psicologia/epistemologia

Valero, L. y Ferro, R. (2015). Psicoterapia Analítica Funcional: El análisis funcional en la sesión clínica. Editorial Síntesis

Vera-Villarroel, P. (2004). Estrategias de intervención en psicología clínica: las intervenciones apoyadas en la evidencia. Liberabit, 10, 4-10

 

 

 

Diego Corta Tapia
Lic. En Psicología
Magíster en Docencia Universitaria
diegocortatapia@gmail.com
Estudiante del Diplomado Online en Psicoterapias Conductuales, Cognitivas y Contextuales de ITECOC

Editado por:

Psic. Ray González
Docente, Investigador y Psicoterapeuta en ITECOC.

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